Un Vínculo Telepático – Muchas Vidas Muchos Maestros Capítulo 11

Un Vínculo Telepático – Muchas Vidas Muchos Maestros Capítulo 11

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Varias noches después, desperté bruscamente de un sueño profundo. Despabilado de inmediato, tuve una visión de la cara de Catherine, varias veces más grande que su tamaño normal. Parecía afligida, como si necesitara de mi ayuda. Miré el reloj: eran las 3.36 de la madrugada. No se habían producido ruidos exteriores que me despertaran. Carole dormía pacíficamente a mi lado. Descarté el incidente y volví a dormirme.

Esa misma mañana, alrededor de las 3.30, Catherine había despertado de una pesadilla, presa del pánico. Sudaba y tenía el corazón muy acelerado. Decidió meditar para relajarse, visualizándose hipnotizada por mí en el consultorio. Imaginó mi cara, oyó mi voz y se durmió poco a poco.

Catherine se estaba volviendo cada vez más psíquica; al parecer, yo también. Oía las voces de mis antiguos profesores de psiquiatría, que hablaban de las reacciones de transferencia y contratransferencia en las relaciones terapéuticas. Transferencia es la proyección de sentimientos, ideas y deseos que el paciente hace sobre el terapeuta, quien representa a alguien de su pasado. La contratransferencia es lo inverso: las reacciones emocionales inconscientes del terapeuta ante el paciente. Pero esa comunicación de madrugada no era una cosa ni otra. Era un vínculo telepático, en una longitud de onda que superaba los canales normales. De algún modo, la hipnosis estaba abriendo ese canal. ¿O acaso los responsables de esa nueva longitud de onda eran el auditorio, un grupo diverso de espíritus, Maestros, ángeles custodios y otros?

Ya nada podía sorprenderme.

 

* * *

En la sesión siguiente, Catherine llegó prontamente a un profundo nivel hipnótico.

Se alarmó de inmediato.

—Veo una nube grande… me ha asustado. Estaba ahí.

Respiraba aceleradamente.

—¿Aún está ahí?

—No sé. Vino y se fue enseguida… algo arriba, en una montaña.

Seguía alarmada y respirando con agitación. Temí que estuviera viendo una bomba. ¿Podría mirar hacia el futuro?

—¿Puedes ver la montaña? ¿Es una bomba?

—No lo sé.

—¿Por qué te ha asustado?

—Fue muy súbito. Estaba ahí mismo. Hay mucho humo… mucho humo. Es grande. Está a cierta distancia. Oh…

—No corres peligro, Catherine. ¿Puedes acercarte?

—¡No quiero acercarme! —respondió ásperamente.

Era muy raro que ofreciera tanta resistencia. Volví a preguntar:

—¿Por qué le tienes tanto miedo?

—Creo que es de productos químicos o algo así. Cuesta respirar cuando se está cerca.

En verdad respiraba con mucha dificultad.

—¿Es como un gas? ¿Proviene de la misma montaña… como si fuera un volcán?

—Eso creo. Es como un hongo grande. Eso parece: un hongo blanco.

—Pero ¿no es una bomba? ¿No es una bomba atómica ni nada parecido?

Hizo una pausa. Luego prosiguió.

—Es un vol… una especie de volcán o algo así, creo. Me asusta mucho. Me cuesta respirar. En el aire hay polvo. No quiero estar ahí.

Poco a poco, su respiración volvió al ritmo profundo y regular del estado hipnótico.

Había abandonado esa atemorizante escena.

—¿Respiras ahora con más facilidad?

—Sí.

—Bien. ¿Qué ves ahora?

—Nada… Veo un collar, un collar en el cuello de alguien. Es azul… es de plata y tiene una piedra azul colgada, con varias más pequeñas abajo.

—¿Hay algo en la piedra azul?

—No, es translúcida. Se puede ver a través de ella. La señora tiene el pelo negro y lleva un sombrero azul… con una pluma grande. Y el vestido es de terciopelo. —¿Conoces a esa señora?

—No.

—¿Estás tú ahí o eres acaso la señora?

—No losé.

—¿Qué edad tiene?

—Algo más de cuarenta. Pero parece mayor.

—¿Está haciendo algo?

—No. Sólo está de pie junto a la mesa. En la mesa hay un frasco de perfume. Es blanco, con flores verdes. También hay un cepillo y un peine con mangos de plata.

Me impresionó su vista para los detalles.

—¿Ésa es su habitación o una tienda?

—Es su habitación. Hay una cama… con cuatro columnas. Una cama marrón. En la mesa hay una jarra.

—¿Una jarra?

—Sí. En la habitación no hay cuadros. Las cortinas son oscuras, extrañas.

—¿Hay alguien más ahí?

—No.

—¿Qué relación mantiene esta señora contigo?

—Le sirvo. —Una vez más, era criada.

—¿Hace mucho tiempo que estás con ella?

—No… sólo unos pocos meses.

—¿Te gusta a ti ese collar?

—Sí. Ella es muy elegante.

—¿Alguna vez te has puesto tú el collar?

—No.

Sus breves respuestas requerían una guía activa de mi parte para obtener información básica. Me recordaba a mi hijo preadolescente.

—¿Qué edad tienes ahora?

—Trece o catorce…

Más o menos la misma edad.

—¿Por qué te has separado de tu familia? —inquirí.

—No me he separado —me corrigió—. Pero trabajo aquí.

—Comprendo. ¿Y después de trabajar vuelves a casa de tu familia?

—Sí.

Sus respuestas dejaban poco sitio a la exploración.

—¿Vive cerca?

—Bastante cerca… Somos muy pobres. Tenemos que trabajar… como sirvientes.

—¿Cómo se llama la señora?

—Belinda.

—¿Te trata bien?

—Sí.

—Bien. ¿Trabajas mucho?

—No es muy cansado.

Entrevistar a adolescentes nunca ha sido fácil, ni siquiera en vidas pasadas. Por suerte, yo tenía bastante práctica.

—Bien. ¿Aún ves a la señora?

—No.

—¿Dónde estás tú ahora?

—En otro cuarto. Hay una mesa con algo negro que la cubre… tiene una orla en los bordes. Huele a muchas hierbas… perfume denso.

—¿Todo eso pertenece a tu señora? ¿Usa ella mucho perfume?

—No, ese cuarto es otro. Estoy en otro cuarto.

—¿A quién pertenece?

—A una señora oscura.

—¿Oscura en qué sentido? ¿Puedes verla?

—Tiene muchas cosas que le cubren la cabeza —susurró Catherine —, muchos chales. Es vieja y arrugada.

—¿Qué relación hay entre vosotras?

—Sólo he ido a verla.

—¿Para qué?

—Por las cartas.

Supe, por intuición, que había ido a consultar con una adivina, que probablemente leía las cartas del tarot. Era un giro irónico: Catherine y yo estábamos inmersos en una increíble aventura psíquica, que abarcaba vidas y dimensiones desconocidas; sin embargo, tal vez doscientos años antes ella había visitado a una parapsicóloga para averiguar algo sobre su futuro. Yo sabía que, en su vida actual, Catherine nunca había visitado a una adivina y no tenía ningún conocimiento sobre las cartas del tarot ni la predicción del futuro: esas cosas la asustaban.

—¿Lee la suerte? —pregunté.

—Ve cosas.

—¿Tienes algo que preguntarle? ¿Qué quieres ver? ¿Qué quieres saber?

—Sobre cierto hombre… con el que podría casarme.

—¿Qué dice ella al tirarte las cartas?

—La carta con… una especie de palos. Palos y flores… pero palos, lanzas o algún tipo de línea. Hay otra carta con un cáliz, una copa… Veo una carta con un hombre o un muchacho que lleva un escudo. Ella dice que me casaré, pero no con ese hombre. No veo nada más.

—¿Ves a la señora?

—Veo algunas monedas.

—¿Aún estás con ella o se trata de otro sitio?

—Estoy con ella.

—¿Cómo son las monedas?

—Son de oro. No tienen bordes lisos, sino cuadrados. Hay una corona en una cara.

—Fíjate si las monedas tienen un año impreso. Algo que puedas leer… en letras.

—Unos números extranjeros —respondió ella —. Equis e íes.

—¿Sabes qué año es ése?

—Mil setecientos… algo. No sé.

Calló otra vez.

—¿Por qué te importa tanto esa adivina?

—No sé.

—¿Se cumple la predicción?

—… Pero ella se ha ido —susurró Catherine —. Se ha ido. No sé.

—¿Ves algo ahora?

—No.

—¿No? —Eso me sorprendió. ¿Dónde estaba? —. ¿Sabes cómo te llamas en esta vida? —pregunté, con la esperanza de recuperar el hilo de esa vida, distante un par de siglos. —He salido de ahí.

Había abandonado la vida y descansaba. Ahora podía hacerlo por propia cuenta, sin necesidad de experimentar la muerte. Aguardamos varios minutos

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