Que Habrían Dicho Nuestros Antepasados? – Muchas Vidas Muchos Maestros Capitulo 5 – 3

Que Habrían Dicho Nuestros Antepasados?

Muchas Vidas Muchos Maestros Capitulo 5 – 3

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En el consultorio, mientras reflexionaba sobre las últimas revelaciones de Catherine, me
pregunté qué habrían dicho nuestros antepasados, los fundadores de la nación, ante la
idea de que los seres humanos no son creados iguales. La gente nace con talentos,
capacidades y poderes adquiridos en otras vidas. «Pero con el paso del tiempo
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llegaremos a un punto en el que todos seremos iguales.» Sospeché que ese punto
distaba muchas, muchísimas vidas.
Pensé en Mozart y en su increíble talento de niño. ¿Habría sido también una herencia
de capacidades anteriores? Al parecer, llevábamos con nosotros de una vida a otra
tanto las capacidades como las deudas.
Pensé en la gente que tiende a juntarse en grupos homogéneos, evitando e incluso
temiendo a los de fuera. Allí estaba la raíz del prejuicio y del odio entre grupos.
«También debemos aprender a no acercarnos sólo a aquellos cuyas vibraciones
coinciden con las nuestras.» Ayudar a esos otros. Me era posible sentir las verdades
espirituales de esas palabras.
—Tengo que regresar —dijo Catherine—. Tengo que regresar.
Pero yo quería saber más. Le pregunté quién era Robert Jarrod. Ella había mencionado
ese nombre durante la última sesión, asegurando que necesitaba mi ayuda.
—No sé… Puede estar en otro plano, no en éste. —Al parecer, no pudo hallarlo—. Sólo
cuando quiera, sólo si decide venir a mí —susurró —, me enviará un mensaje. Necesita
tu ayuda.
Aun así, no logré comprender cómo me sería posible ayudarlo.
—No sé —repitió Catherine—. Pero eres tú el que debe aprender, no yo.
Eso era interesante. Todo ese material ¿era para mí? ¿O acaso yo tenía que ayudar a
Robert Jarrod con las enseñanzas recibidas? En verdad, nunca supimos de él.
—Tengo que regresar —insistió ella—. Antes tengo que ir hacia la luz. —De pronto se
mostró alarmada—. Oh, oh, he vacilado mucho tiempo… y como he vacilado, tengo que
esperar otra vez.
Mientras ella esperaba, le pregunté qué veía, qué sentía.
—Sólo otros espíritus, otras almas. Ellas también están esperando.
Le pregunté si había alguna enseñanza que pudiéramos recibir mientras esperaba.
—¿Puedes decirnos qué debemos saber? —le pregunté.
—No están aquí para decírmelo —respondió.
Fascinante. Si los Maestros no estaban allí para hablarle, Catherine no podía, por sí,
proporcionar el conocimiento.
—Me siento muy inquieta. Quiero irme… Cuando llegue el momento adecuado, me iré.
Una vez más pasaron varios minutos en silencio. Por fin debió de llegar el momento
oportuno: había entrado en otra vida.
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—Veo manzanos… y una casa, una casa blanca. Yo vivo en la casa. Las manzanas
están podridas… gusanos, no sirven para comer. Hay un columpio, un columpio en el
árbol.
Le pedí que se observara.
—Tengo pelo claro, pelo rubio. Tengo cinco años. Me llamo Catherine.
Me llevé una sorpresa. Había entrado en su vida actual; era Catherine a los cinco años.
Pero debía de estar allí por algún motivo.
—¿Ocurrió algo allí, Catherine?
—Mi padre está enojado con nosotros… porque no debemos estar fuera. Me… me pega
con un palo. Es muy pesado; duele… Tengo miedo. —Gemía, hablando como una
criatura—. No para hasta hacernos daño. ¿Por qué nos hace esto? ¿Por qué es tan
malo?
Le pedí que viera su propia vida desde una perspectiva más elevada y que respondiera
a su propia pregunta. Poco tiempo antes había leído que eso se podía hacer. Algunos
escritores llamaban a esa perspectiva «yo superior» o «yo elevado». Sentía curiosidad
por saber si Catherine podía llegar a ese estado, en caso de que existiera.
En ese caso, sería una poderosa técnica terapéutica, un atajo hacia la penetración
psicológica y la comprensión.
—Nunca nos quiso —susurró, muy suavemente—. Siente que somos intrusos en su
vida… No nos quiere.
—¿Tampoco a tu hermano varón, Catherine? —pregunté.
—A mi hermano, menos aún. Su nacimiento no estaba planeado. No estaban casados
cuando… él fue concebido.
Esa nueva información resultó ser asombrosa para Catherine. Ignoraba lo del embarazo
prematrimonial. Más adelante, su madre le confirmó que así había sido.
Aunque estaba relatando una vida, Catherine exhibía ahora una sabiduría y un punto de
vista con respecto a su existencia que, hasta entonces, habían estado restringidos al
estado intermedio o espiritual. En cierto modo había una parte de su mente más
«elevada» una especie de supraconciencia. Tal vez ése era el yo superior que otros
describían. Aunque no estuviera en contacto con los Maestros y su espectacular
conocimiento, aun así poseía, en su estado supraconsciente, profunda penetración
psicológica y gran información, como la de la concepción de su hermano. La Catherine
consciente, cuando estaba despierta, se mostraba mucho más ansiosa y limitada,
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mucho más simple y comparativamente superficial. No podía recurrir a ese estado
supraconsciente. Me pregunté si los profetas y los sabios de las religiones orientales y
occidentales, esos que llamamos «realizados», eran capaces de utilizar ese estado
para obtener su sabiduría y sus conocimientos. En ese caso, todos tendríamos la
capacidad de hacerlo, pues todos debemos de poseer ese supraconsciente. El
psicoanalista Carl Jung sabía de la existencia de los diferentes niveles de conciencia;
escribió acerca del inconsciente colectivo, un estado que tiene similitudes con el
supraconsciente de Catherine.
Cada vez me sentía más frustrado por el abismo infranqueable que había entre el
intelecto despierto y consciente de Catherine y su mente supraconsciente en el nivel de
trance. Mientras estaba hipnotizada podía mantener conmigo fascinantes diálogos
filosóficos a nivel supraconsciente. Sin embargo, cuando estaba despierta no mostraba
interés alguno por la filosofía ni los temas relacionados con ella. Vivía en el mundo de
los detalles cotidianos, ignorante del genio que en ella habitaba.
Mientras tanto, su padre la estaba atormentando, y los motivos se hacían evidentes.
—Tiene muchas lecciones que aprender —sugerí, en tono de interrogación.
—Sí…, en efecto.
Le pregunté si sabía qué necesitaba aprender él.
—Ese conocimiento no se me revela. —La voz era objetiva y distante—. Se me revela
lo que es importante para mí, lo que me concierne. Cada persona debe ocuparse de sí
misma… de hacerse… íntegra. Tenemos lecciones que aprender… cada uno de
nosotros. Deben ser aprendidas una a una… en orden. Sólo entonces podemos saber
qué necesita la persona de al lado, qué le falta o qué nos falta a nosotros para ser
íntegros.
Hablaba en un susurro suave, y ese susurro encerraba una amorosa objetividad.
Cuando Catherine volvió a hablar, lo hizo otra vez con voz aniñada:
—¡Me da asco! Me hace comer esas cosas que no quiero. Es una comida… lechuga,
cebollas, cosas que detesto. Me obliga a comerlas y sabe que me voy a poner mala.
¡Pero no le importa!
Catherine empezó a dar arcadas. Jadeaba, sofocada. Volví a sugerir que viera la
escena desde una perspectiva superior, pues necesitaba comprender qué inducía a su
padre a actuar de ese modo. Ella replicó en un susurro enronquecido:
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—Eso ha de llenar en él cierto vacío. Me odia por lo que me hizo. Me odia y se odia a sí
mismo.
Yo tenía casi olvidado el abuso sexual sufrido por Catherine a los tres años.
—Por eso debe castigarme… Debo de haber hecho algo para que él actúe así.
Ella tenía sólo tres años de edad y su padre estaba ebrio. Sin embargo, desde entonces
llevaba esa culpa muy dentro. Le expliqué lo obvio:
—Tu eras sólo un bebé. Tienes que liberarte de esa culpa. Tú no hiciste nada. ¿Qué
podía hacer una niña de tres años? No fuiste tú, sino tu padre.
—Debía de odiarme ya entonces —susurró, con suavidad—. Yo lo conocía antes, pero
ahora no puedo recurrir a esa información. Tengo que volver a ese momento.
Aunque ya habían pasado varias horas, quise regresar a esa relación previa. Le di
instrucciones detalladas.
—Te hallas en un estado profundo. Dentro de un instante empezaré a contar hacia
atrás, de tres a uno. Entrarás en un estado más profundo y te sentirás totalmente
segura. Tu mente estará en libertad de vagar otra vez por el tiempo, hasta la época en
que se inició el vínculo con el padre que tienes en tu vida actual, hasta el momento que
tuvo mayor influencia en lo que ocurrió en tu infancia entre tú y él. Cuando yo diga
«uno» volverás a esa vida y lo recordarás. Es importante para tu curación. Puedes
hacerlo. Tres… dos… uno.
Hubo una larga pausa.
—No lo veo… ¡pero veo que están matando a la gente!
Su voz era ahora fuerte y ronca.
—No tenemos derecho a interrumpir abruptamente la vida de alguien antes de
que haya podido cumplir con su karma. Y es lo que estamos haciendo.
»No tenemos derecho. Sufrirán mayor castigo si los dejamos vivir. Cuando
mueran y vayan a la próxima dimensión sufrirán allá. Estarán en un estado de
gran inquietud. No tendrán paz. Y serán enviados de regreso aquí, pero para una
vida muy dura. Y tendrán que compensar a esas personas a las que hicieron daño
por las injusticias que cometieron contra ellas. Están interrumpiendo la vida de
estas gentes y no tienen derecho a hacerlo. Sólo Dios puede castigarlas;
nosotros, no. Serán castigados.
Pasó un minuto de silencio.
—Se han ido —susurró.
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Los Espíritus Maestros nos habían dado un mensaje más, potente y claro. No
debemos matar, cualesquiera que sean las circunstancias. Sólo Dios puede
castigar.
Catherine estaba exhausta. Decidí postergar la búsqueda del pasado vínculo con
su padre y la saqué del trance.
No recordaba nada, salvo sus encarnaciones como Christian y la pequeña
Catherine. Se sentía cansada, pero también apacible y relajada, como si se le
hubiera quitado un peso enorme. Mi mirada se cruzó con la de Carole. Nosotros
también estábamos exhaustos. Habíamos estado temblando, sudorosos,
pendientes de cada palabra. Acabábamos de compartir una experiencia increíble.

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