Nuestro Viaje Hasta Esta Vida – La Vida Entre Las Vidas Video 11

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Nuestro Viaje Hasta Esta Vida – La Vida Entre Las Vidas Video 11

La lanzadera del renacimiento:  Nuestro viaje hasta acá…

 

“Todos volvemos; esa certidumbre  es la que da sentido a la vida.”

 

GUSTAV MAHLER

 

 

Si no existiera la reencarnación no podría concebirse la vida intermedia, de la misma manera que no podríamos pensar en un río sin orillas ni en el sueño sin el despertar. La naturaleza misma del bardo requiere que cada experiencia incorpórea esté flanqueada por existencias terrenales. De ahí la necesidad  de la lanzadera del renacimiento que nos lleva a la encarnación física y nos devuelve, al morir, al plano inmaterial de la conciencia entre las vidas.

 

La hipótesis de que estamos obligados a volver a la vida, una vez tras otra, en distintos vehículos corporales, está apoyada por la tradición cultural, la doctrina religiosa y la investigación científica. Pero toda la elocuencia y evidencia en el mundo no hará la idea más aceptable para los que decidieron no creer.  Aceptar el renacimiento va de la mano con la exploración de nuestras verdaderas naturalezas espirituales, y existe poco aliento para un escrutinio de ese calibre en la sociedad moderna. El componente espiritual de la humanidad ha sido casi desechado, hasta convertido en objeto de burla,por una civilización occidental basada en el acondicionamiento dogmático.

El origen de las especies, de Charles Darwin, tan revolucionario durante la segunda mitad del siglo pasado, apenas insinuaba la vastedad de la evolución humana. Darwin trató solamente la evolución física. Dejó sin tratar el tema más amplio y complejo del progreso intelectual que lleva a la humanidad de vida en vida mediante cambios de conciencia.

 

En un mundo predominantemente materialista “el instinto de progreso en la carrera”, como describió Henri

David Thoreau a la reencarnación, se apaga temprano. Sin embargo, en 1982,una encuesta Gallup indicó Que el veintitrés por ciento de los norteamericanos cree en el renacimiento (como se dijo  antes, el sesenta y siete por ciento cree en la vida después de la muerte) mientras que tres años antes una encuesta del Sunday Post, de Londres, informó que cree en la reencarnación el veintiocho por ciento de la población británica, lo que representa un aumento del diez por ciento en diez años. En las is-  las británicas se venden unos botones de metal con la ingeniosa inscripción: “Está volviendo la reencarnación”. Pero no hay nada radical en esa tendencia. El renacimiento siempre ha sido proclamado por los sabios filósofos y espirituales más profundos: desde Platón a Jesucristo. E históricamente ha fi-  gurado en forma prominente en los anales del pensamiento y el comportamiento humanos.

 

Comencemos con nuestros antecesores prehistóricos. Hace muchísimo tiempo las tribus del mundo aceptaban la reencarnación como la ley de la vida. La muerte significaba el retorno a la Madre Tierra, de cuyo vientre volvería a surgir el individuo. Los esqueletos del hombre de Neanderthal (entre el

200.000 y el 75.000 a.C.) se han encontrado dispuestos en posición fetal, como en espera de la siguiente encarnación. La creencia shamánica, del período paleolítico superior (de hace 15.000 a 25.000 años), sostenía que los humanos y los animales volvían a nacer de sus mismos huesos, donde se pensaba  que residía la fuerza vital. En algunas tribus de indios norteamericanos, el que aspirara a ser shamán debía recordar sus diez últimas muertes. La memoria tribal, los antiguos mitos y fábulas, la creencia religiosa y la sabiduría clásica, todas apoyan la convicción de que son necesarias muchas reencarnaciones para la evolución espiritual, como es necesario el paso de los años para el desarrollo físico. El renacimiento se ha visto siempre como la mecánica, el marco de la inmortalidad ~.los medios  por los cuales puede llegarse al esclarecimiento perfecto.

 

Entre las vidas estamos unidos con nuestra herencia celestial. Cuando volvemos a la Tierra para asumir nuestros destinos al calor de la experiencia física, olvidamos temporariamente nuestros conocimientos del verdadero manantial. El reprimido conocimiento de la vida intermedia se transforma en fe. Esta a su vez, se convierte en religión: las ansias y la lucha por aquello que se ha dejado atrás. La enseñanza de la reencarnación figura en las más venerables escrituras religiosas. En los textos budistas, se compara la transición de cuerpo a cuerpo con la llama que pasa de una vela a la otra, y el alma es representada como dando forma a los cuerpos de acuerdo con sus necesidades, como el orfebre trabaja el metal. Las antiguas escrituras dan muchas referencias sobre la rueda del renacimiento de los seres humanos, fijados a ella por las cadenas del karma en todos los ciclos de existencia. “Karma” -el tema del próximo capítulo- es el nombre que se da al factor de autodeterminación que regula los estados de la serie de reencarnaciones. Literalmente significa “acción”. El karma representa el juego de causa y efecto en la vida después de la vida, mientras que sus demandas, como veremos en los casos estudiados, se sienten en forma aguda en los estados de vida intermedia. San Pablo dijo en Carta a los gálatas 6:7: “Lo que el  hombre siembre, cosechará.” Esa é’s la explicación del funcionamiento del karma: todo lo que el ndividuo piensa y hace actúa sobre el Universo para crear su reacción. De acuerdo con las enseñanzas hindúes y budistas, más de dos mil millones de asiáticos aceptan la repetición de los ciclos del nacimiento y la muerte. Su esperanza es que mediante la generosidad, la compasión y la búsqueda del conocimiento, la temida esclavitud en la rueda podrá cambiarse por la liberación o moksha. Pero también reconocen que en casi todos los casos las fallas humanas lo impiden, que las cargas del karma y los deseos de placeres sensuales de la vida terrenal hacen que el camino de la purificación sea muy largo y requiera muchas reencarnaciones. Gautama Buda, de quien se dice que vivió 550 vidas previas durante más de 25.000 años, señaló que los lazos que unen a los seres humanos con la existencia terrenal los confinaron a la obligación de renacer.

Mucho antes de que naciera Buda, los antiguos griegos y egipcios habían desarrollado una conciencia profunda del proceso de la reencarnación. Las escrituras egipcias nos cuentan cómo el dios Osiris, que personifica el conocimiento esotérico, fue conducido a Egipto desde India en la forma de un toro manchado. Los textos griegos hacen referencia, con una fraseología que anticipa la clásica creencia india, a “la tristemente tediosa rueda”. Los antiguos habitantes del norte de Europa estaban tan seguros del renacimiento que lloraban llenos de compasión cuando nacía un niño y recibían a la muerte con regocijo. Se dice que los druidas, con una convicción mayor aún, admitían que si no se podían pagar el dinero prestado en esta vida, podrían hacerla en la próxima reencarnación. Por cierto que el mundo antiguo estaba tan imbuido de esas ideas Que la palabra “educación” significaba originalmente “extraer algo de lo que ya se sabe”. Platón, en su teoría sobre la reminiscencia, declaró: “El conocimiento fácilmente adquirido es aquel que se ha adquirido en una vida anterior, por eso fluye con facilidad”. Cicerón, el gran orador y filósofo romano, estaba de acuerdo con Platón al decir que la velocidad con que aprenden los niños “es una prueba de que los hombres saben casi todo antes de nacer”. Los niños prodigios proporcionan evidencias circunstanciales de que el talento no necesariamente se desarrolla en la vida que está transcurriendo sino que puede haberse originado en existencias anteriores.

 

Si bien el cristianismo ortodoxo, el judaísmo y el islamismo niegan la reencarnación, en cada una de esas tres grandes escuelas del pensamiento religioso hubo grupos que arguyeron decididamente en favor de la reencarnación. Al revés de lo que se cree comúnmente, el renacimiento fue aceptado ampliamente por muchos cristianos primitivos, en forma notable por Origen, quien figura en la Encyclopaedia Britannica como “el más prominente de los padres de la Iglesia con la posible excepción de San Agustín”. San Agustín se angustiaba ante la perspectiva de existencias múltiples. Escribió: “Dime, Señor: ¿acaso mi infancia sucedió a otra edad de mí que murió antes?” Quizá ignoraba que Jesucristo atestiguó en favor de la reencarnación tanto en la Biblia como, más explícitamente, en las escrituras gnósticas. El evangelio gnóstico Pistis Sophia cita a Jesús diciendo que’ ‘las almas son vertidas en cuerpos mundanos diferentes.”

Este video se encuentra aquí: https://youtu.be/7TMH88lCH30

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