Las Regresiones Pueden Ser El Camino Para LLegar Al Corazon – Terapia de Vidas Pasadas

Las Regresiones Pueden Ser El Camino Para LLegar Al Corazon – Terapia de Vidas Pasadas

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Las Regresiones Pueden Ser El Camino Para LLegar Al Corazon – Terapia de Vidas Pasadas
La Experiencia de Las Regresiones Puede Ser El Camino Para Llegar Al Corazon
A veces las lecciones que aprendemos parecen sencillas o evidentes, pero lo cierto es que tiene que aprenderlas el corazón, a los niveles más profundos, no sólo el intelecto. La experiencia directa, a menudo a través de regresiones, puede servir de camino para llegar al corazón.

Barbara estaba situada en una vida anterior, detallada y muy sentida, en el Sur de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX.
Se acordó de una gran casa blanca en la que había vivido con su madre tras la guerra de Secesión y de las privaciones que sufrieron en ella. Se acordó de un período más feliz: vivía en otra casa con su marido y con dos hijos pequeños. Le pedí que fuera hasta el último día de esa vida.
-Soy vieja… Tengo manchas en las manos… Manchas marrones en las manos. Y la piel está muy flácida.
-¿Hay alguien alrededor? -le pregunté.
-Mi hijo está conmigo… Mi hija también está… Está junto a la puerta, mirándome. Está triste -se lamentó Barbara en un susurro-. No quiero que esté triste.
Entonces murió y se quedó flotando por encima del cuerpo que acababa de abandonar.
-¿Cómo te sientes ahora? -pregunté.
-Mejor -contestó con más fuerza-. Les veo en la habitación. La mujer que está en la cama. Tiene el pelo blanco y está arrugada… Parezco muy tranquila… Me siento como si estuviera flotando… Flotando.
Estaba disfrutando de ese lugar tan tranquilo. Antes de despertarla, le pedí que mirara con detenimiento a sus hijos para ver si reconocía en ellos a alguien de su vida actual como Barbara.
-Tengo la impresión de que la hija es una sobrina de ahora que se llama Rebecca. Es curioso… Siento una conexión, como que esa hija es ahora ella.
Le recordé a Barbara que a menudo regresamos una y otra vez con la misma gente, aunque nuestras relaciones cambien. Es una forma de aprender aquí en el estado físico.
Tras flotar sobre su cuerpo marchito, pudo repasar esa vida, sus inicios acomodados, la devastación de la guerra de Secesión y la feliz vida familiar que le siguió. Una lección destacaba entre las demás.
– Tomarme las cosas con calma y apreciar lo que tengo alrededor -dijo Barbara con énfasis.
Una vez más, aunque sea una lección concreta para ella, puede aplicarse a todos nosotros.
Hay mucha belleza, mucha verdad y amor a nuestro alrededor, pero muy pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma como para apreciada, como para damos cuenta. A veces hace falta que haya una tragedia o una gran pérdida que nos lo recuerde, pero enseguida parece que volvemos a caer en la misma rutina de siempre.
Tomarse las cosas con calma. Hay que gozar de los frutos de este magnífico jardín. No basta con que el intelecto, la cabeza, lo comprenda. También ha de entenderlo el corazón, y los pensamientos y las acciones de cada día tienen que demostrar que el corazón lo sabe de verdad.
Es bien sabido que la felicidad surge de dentro. La felicidad es un estado interno. No se va a poner contento milagrosamente si otra persona cambia o si se altera el mundo exterior, sólo si cambia usted. Tiene que verlo todo con perspectiva. Tal vez otra persona le señale el camino, le enseñe técnicas, pero eso es todo lo que pueden hacer los demás. El resto depende de usted.
Durante la experiencia de regresión puede abrirse un portal a una conciencia más desarrollada. Si el terapeuta está preparado y es flexible, si permite que la mente superior de la otra persona guíe el proceso con calma, en lugar de perseguir sus propios objetivos como terapeuta, puede que se dé una experiencia de las que cambian toda una vida. Ése fue el caso de John.
Mientras hipnotizaba a John, un hombre culto de mediana edad, ante varios cientos de personas que asistían a un taller en Boston, me di cuenta de que el público estaba muy callado, totalmente pendiente de cada una de nuestras palabras.
De forma suave y progresiva, le hice retroceder en el tiempo. Su primera imagen fue de una fiesta navideña cuando tenía cinco años. Sonrió con orgullo infantil al recordar la escena vívidamente.
-Están mis tías. Las veo bien. Llevo mi primer traje… ¡De franela gris!
Se sentía muy adulto por llevar traje. -Veo el abeto, lleno de luces -añadió.
Me quedé un momento en silencio y dejé que disfrutara de aquella experiencia lejana, que sintiera el orgullo y la felicidad. Después le hice retroceder aún más, hasta antes de nacer, hasta cuando estaba en el útero, en el vientre de su madre.
-¡Esto es muy estrecho! -dijo de inmediato-.
Quiero estirarme.
John empezó a mover la cabeza, a estirar las piernas, a mover los brazos con cuidado. Después descubrió una «luz centelleante» que circulaba por el cordón umbilical yeso le relajó.
Le hice pasar por su nacimiento y, aunque no experimentó una incomodidad física, el ruido le molestó.
-Hay demasiada gente hablando -explicó.
Le pedí que se alejara de la escena de su nacimiento, sin salir del estado de hipnosis profunda, y que visualizara una puerta muy especial y la cruzara. Esperaba que le sirviera para recuperar un recuerdo de una vida anterior, pero no fue así. Su experiencia fue, en cambio, espiritual.
John se encontró en un hermoso jardín. Describió una luz maravillosa y difusa que inundaba el jardín, una luz que le infundía una sensación de paz profunda. Vio que había niños, muchos niños. Explicó que era mayor y que enseñaba a los niños.
Al observar un caballo blanco allí cerca, le vino a la mente la palabra «pureza». A su derecha había un árbol solitario. John habló muy despacio, con parsimonia. Las palabras no podían describir adecuadamente la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Sólo servían para describir las cualidades de la luz y del jardín. Me di cuenta de que sabía mucho más de lo que podía compartir con nosotros.
-¿Qué les enseñas a los niños? -le pregunté. Al principio su respuesta resultó enigmática.
-Les enseño a jugar -respondió lentamente y en voz baja.
Después su voz se volvió mucho más firme, como si los que estábamos allí hubiéramos pasado a ser los niños y él fuera nuestro profesor.
-¡Podemos estar siempre allí! -exclamó-. ¡Podemos estar siempre allí!
Su voz fue apagándose y se quedó callado. Después empezó a hablar en tono muy bajo, susurrando como si quisiera que yo le oyera, más incluso que los demás.
-Esta alegría, esta belleza… Esta conciencia, este jardín terrenal podrían existir siempre, siempre que quisiéramos. Puede existir ahora, en el presente, si queremos. Si nos acordamos.
Volvió a quedarse en silencio mientras le caían lágrimas de alegría por las mejillas. John no quería irse de allí, así que le dejé que se quedara.
Y esto es lo que John les enseñó a los niños: el paraíso terrenal es posible si lo queremos. El mensaje de John tiene mucha fuerza. Podemos ser conscientes de la «otra» realidad ahora, incluso en nuestro estado presente, incluso en la forma física. Podemos sentir esa alegría en estado puro, ese éxtasis, esa paz y esa belleza ahora mismo. y cuando superamos el estado físico nos damos Cuenta de lo mismo, pasamos por lo mismo, somos de verdad lo mismo. Nuestro olvido, nuestro estado de «inconsciencia», es reversible. Para recordar, para volver a experimentar no tenemos por qué morir o tener una experiencia cercana a la muerte.
De los ojos de John seguían cayendo lágrimas de alegría.
Se dio cuenta, lo mismo que yo, de que su vida estaba cambiando, de que estaba pasando de lo excesivamente Intelectual a la experiencia. Se había abierto algo que ya no iba a cerrarse, porque la experiencia era muy positiva y muy fuerte.
Durante la experiencia de John en Boston también empezó a cambiar mi conciencia.
«Puede existir, en el presente, si queremos», había dicho. No tenemos por qué olvidar. Podemos mantener la conciencia de ser seres divinos que pueden disfrutar directamente de la alegría, del amor, de la compasión infinita, de profundas sensaciones de seguridad y paz. Y todo eso ahora mismo.
Los cientos de personas que formaban parte del público en Boston, sólo por ser testigos, por observar y compartir, también experimentaron una apertura de sus conciencias. En toda la sala había un ambiente de alegría, de paz, de seguridad, como si un hálito de verdad superior nos estuviera llenando con el mensaje de que somos inmortales y siempre amados. Somos el amor. El amor es la energía que llena todos los átomos de nuestro ser y no hay nada que temer.
A veces las lecciones que aprendemos parecen sencillas o evidentes, pero lo cierto es que tiene que aprenderlas el corazón, a los niveles más profundos, no sólo el intelecto. La experiencia directa, a menudo a través de regresiones, puede servir de camino para llegar al corazón.

Este video se encuentra aquí: https://youtu.be/ODU6jvxXZhE
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Este relato de una regresión a vidas pasadas, ha sido inspirado por el libro Mensajes de los Sabios del doctor Brian Weiss