La Reencarnacion No Se Opone Al Cristianismo – La Vida Entre Las Vidas Video 12


La Reencarnacion No Se Opone Al Cristianismo
La Vida Entre Las Vidas Video 12

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La Reencarnacion No Se Opone Al Cristianismo – La Vida Entre Las Vidas Video 12

No fue sino en el siglo IV, cuando el cristianismo evolucionó de bandas de devotos, perseguidas, a una institución madura para el manipuleo político, cuando se desarrolló la oposición a la reencarnación en la teología cristiana. La nueva alianza de la Iglesia y el Estado, con el objetivo de la dependencia cultural de las masas, se sintió amenazada por los que creían en el renacimiento, porque los cristianos eran individuos que tenían confianza en sí mismos y practicaban la libertad de pensamiento y entonces podía no ser fácil obtener su servilismo. Como no se los convencía con las promesas de felicidad en el más allá ni se los asustaba con la amenaza del fuego del infierno, se los llamó herejes (la palabra hereje por su raíz significa nada más que “capaz de elegir”). Pero no hubo un edicto oficial que condenara la doctrina de la reencarnación durante el Imperio romano hasta 553 d.C., cuando el emperador Justiniano dictó maldiciones eclesiásticas formales contra “la monstruosa repetición” del nacimiento. A la censura siguió la persecución de todos los que se negaban a abjurar de sus convicciones. Pero la resistencia fue tan tenaz – sobre todo por parte de los cristianos llamados “cátaros”- que sólo en el siglo XIII la campaña de terror y matanzas de la Iglesia logró erradicar la idea de la reencarnación en Occidente. Pero quedó una luz encendida. Grupos místicos secretos, como los alquimistas y los rosacruces, consiguieron contrabandear la creencia hasta las épocas modernas.

El aflojamiento del chaleco de fuerza eclesiástico empezó en el Renacimiento con la exaltación espontánea de la individualidad. Durante la época de la ilustración (siglo iii) que siguió, muchos de los grandes cerebros europeos adoptaron la idea de que tener numerosas vidas daba sentido, propósito y justicia a la existencia que de otro modo es fútil e injusta. Voltaire dijo: “Después de todo no es más sorprendente nacer dos veces que una”. Pero ese tipo de razonamiento no convencía a las masas. La mayoría tenía la idea ortodoxa de la alternativa post mortem entre el paraíso o la condena eterna. El tiempo transcurría pero poco cambiaba. La estricta mentalidad victoriana y el entusiasmo de la revolución industrial era difícil que llevaran al resurgimiento del interés por la reencarnación. Y sin embargo la negativa implícita de esa era respecto de la existencia de una conciencia más elevada, invitaba el desafío al materialismo que apareció con el movimiento teosófico y la expansión de la Orden Rosacruz.

Durante la segunda mitad del siglo pasado los teósofos nadaron contra la corriente al importar a Occidente lo que se dio en llamar “la sabiduría de Oriente”. Pero la causa no resultó atractiva y pronto fue avasallada por la aparición de pensadores que negaron la existencia del mundo espiritual, hombres  como Karl Marx, Sigmund Freud y Bertrand Russell. Los teósofos no podían esperar que simplemente por repetir y machacar los escritos místicos orientales, sobreviviera la idea del renacimiento en el áspero clima intelectual del siglo XX.

Contra el grandioso telón de fondo del desarrollo tecnológico, se presionaba para que se confirmara o negara, sobre bases empíricas, la realidad del enigma llamado reencarnación.

Durante la década de 1890, un francés, el coronel Albert De Rochas, dio los primeros tímidos pasos hacia una metodología científica. Imitando el estilo de Franz Anton Mesmer, el médico austríaco que dio su nombre a la hipnosis o “mesmerismo”, De Rochas llevó a sus sujetos hasta más atrás del nacimiento y a una serie de “vidas pasadas”. Se había levantado el velo que ocultaba una nueva dimensión de la experiencia humana y al mismo tiempo formulaba la pregunta que aún está en tren de contestarse: ¿Reflejan una existencia previa los testimonios dados en estado de trance? Como él no pudo probar la veracidad histórica de las vidas de sus sujetos -si bien dio testimonios plausibles mencionando lugares y familias que se supo que existieron-, De Rochas quedó meditando sobre “la oscuridad en que tienen que luchar todos los observadores al comienzo de cada ciencia nueva”.

Por años, después de las exploraciones de De Rochas, los psiquiatras y psicólogos citaban la perturbación mental como causa de que sus pacientes a veces recordaran otras vidas. Otras explicaciones, como la percepción extrasensorial, la posesión de la vida actual- se ofrecen todavía para desechar los testimonios de vidas anteriores. La dificultad está en que, aunque una vida anterior se verifique históricamente, nadie puede probar que la persona, pese a toda su emoción e información, fue  una vez el individuo que dice haber sido. Como los conceptos de cielo e infierno, el de reencarnación es una propuesta metafísica y no puede ponerse en términos terrenales de realidad ni juzgarse con las limitaciones terrestres. Hay que sacrificar la prueba a la percepción. Los primeros experimentos de regresión hipnótica produjeron mucha agitación en los círculos profesionales, pero el hipnotizador aficionado Morey Bernstein despertó la imaginación del público en 1954, con Bridey Murphy, personalidad que aparecía cada vez que hipnotizaba al ama de casa Virginia Ti-  ghe, de Colorado, usando la llama de una vela. Los relatos vívidos de la vida de Bridey en Irlanda en el siglo XIX alcanzaron los titulares diarios de todo el mundo occidental provocando millones de conversaciones sobre el renacimiento y la explosión de las fiestas de estilo “venga como está”.

A fines de la década de 1920 el trabajo del gran vidente norteamericano Edgar Cayce atrajo hacia la idea de la reencarnación a un público menos numeroso pero más interesado.

Cayce, un devoto presbiteriano, rechazó al principio la idea del renacimiento. Pero el lO de agosto de 1923 emergió de un trance autohipnótico declarando que las personas renacen en cuerpos diferentes. Temiendo al principio que sus facultades subconscientes hubiesen estado dirigidas por el diablo, pronto  debió aceptar su propio testimonio: las pautas kármicas están entremezcladas en las historias personales a lo largo de miles de años. Cayce llegó a comprender que la reencarnación no es opuesta a las enseñanzas de Jesucristo. Dio 2500 conferencias al respecto en los veintiún años siguientes. Muchas veces encontró que enfermedades actuales estaban ligadas a la presencia -o la ausencia- de hechos en las vidas pasadas.

Eso lo llevó a rechazar el concepto de la herencia. Cuando alguien le preguntó:  – ¿De qué rama de mi familia heredé más características?

Cayce respondió:

– ¡Usted ha heredado casi todo de usted mismo, no de su familia! La familia es sólo un río por el que fluye el alma.

La voz de Edgar Cayce se escuchó en una época en que el mundo se agitaba con los temblores de la revitalización espiritual. Después de siglos de mutua alienación, la ciencia y el misticismo comenzaron a andar juntos a medida que la interdependencia de la mente y el cuerpo, de la materia y el espíritu, iban reconociéndose. Las teorías de Albert Einstein sobre la relatividad demostraron que la clásica física newtoniana no alcanzaba para penetrar en la verdadera naturaleza del tiempo, el espacio y el movimiento. La llamada “nueva física’ que siguió, descubrió que las partículas subatómicas están muriendo y renaciendo constantemente, que las interacciones subatómicas consisten en el aniquilamiento de las partículas originales y la creación de otras nuevas. En otras palabras, una forma sub microscópica de renacimiento subyace a todo fenómeno en el mundo físico. El mismo principio parece funcionar en los ámbitos más amplios cuando los astrofísicos proponen que el Universo mismo está siempre muriendo para poder renacer. Esa visión universal de muerte y renacimiento estuvo siempre simbolizada por Shiva, la diosa hindú de cuatro brazos, que rige la creación y la destrucción permanente. También está implícita en el antiguo Tao chino, cuyos incesantes ciclos de ida y vuelta expresan la naturaleza misma del proceso de la vida.

Mientras los físicos investigaban el pulso cósmico, los exponentes de la regresión hipnótica continuaron explorando la brumosa frontera del inconsciente humano. Los más notables sucesores del pionero coronel De Rochas fueron el sueco John Bjórkhern y el doctor Alexander Cannon, un inglés al que otorgaron títulos nueve universidades europeas. Reunieron mucho material sobre las vidas anteriores. Si bien el doctor Cannon indujo la regresión de 1382 voluntarios a períodos tan lejanos como varios miles de años antes de Cristo, sólo llegó a aceptar el testimonio de los sujetos con muchas dificultades.  En 1950, el doctor Cannon escribió en The Power Within (El poder interior):

 

Durante años la teoría de la reencarnación resultó una pesadilla para mi e hice todo lo posible por desecharla y hasta discutí con mis sujetos en trance diciendo que decían tonterías. Pero pasaban los años y todos los sujetos me contaban la misma historia, aunque tuvieran creencias diferentes. Ahora, después de haber estudiado más de mil casos, debo admitir que existe algo llamado reencarnación.

El doctor Cannon, quien declaró que la obra del psicoanalista Sigmund Freud había sido “ayudada por la reencarnación” se especializó en buscar los orígenes de los complejos y los temores en incidentes traumáticos ocurridos en vidas anteriores.

Este video se encuentra aquí: https://youtu.be/h5Vd5BzXmdA

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