La Mejoría De La Paciente Era Indudable – Regresiones a Vidas Pasadas

La Mejoría De La Paciente Era Indudable
Regresiones a Vidas Pasadas

¿Te Gustaría Vivir Una Experiencia Así?

  Algunos me han pedido ejemplos concretos de mejoría gracias a las regresiones a vidas pasadas, y este video basado en el libro del doctor Brian Weiss “Muchas Vidas Muchos Maestros” nos muestra con una contundencia inconfundible, la clase de resultados que se puede obtener de una Terapia de Vidas Pasadas.
  La paciente en cuestión había hablado ya de varias vidas diferentes, pero nuevamente sorprende al Dr. Weiss con el detalle de sus recuerdos.
    ¿Este es un ejemplo fantástico de la utilidad de las regresiones!​​​​​​​
Con mis mejores deseos
Dr. Roberto A. Bonomi
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Semana a semana, nuevas capas de temores y ansiedades neuróticas se
desprendían de Catherine. Semana a semana se la veía un poco más serena, un
poco más suave y paciente. Tenía más confianza en sí misma y atraía a la gente.
Daba más amor y los demás se lo devolvían. El diamante interior que era su
verdadera personalidad brillaba, luminoso, a la vista de todos.
Las regresiones de Catherine abarcaban milenios. Cada vez que entraba en un
trance hipnótico, yo no tenía idea alguna de dónde emergerían los hijos de sus
vidas. Desde las cuevas prehistóricas hasta los tiempos modernos, pasando por
el antiguo Egipto, ella había estado en todas partes. Y todas sus existencias
habían sido amorosamente custodiadas por los Maestros, desde más allá del
tiempo. En la sesión de ese día apareció; en el siglo XX, pero no como Catherine.
—Veo un fuselaje y una pista aérea, una especie de pista de aterrizaje —susurró
suavemente.
—¿Sabes dónde estás?
—No veo… ¿alsaciana? —Luego, con más decisión —: Alsaciana.
—¿En Francia?
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—No sé, sólo alsaciana… Veo el nombre Von Marks, Von Marks (ortografía
fonética). Una especie de casco marrón o un gorro… un gorro con gafas. La tropa
ha sido destruida. Parece ser una zona muy remota. No creo que haya una ciudad
cercana.
—¿Qué ves?
—Veo edificios destruidos. Veo edificios… La tierra está destrozada por… los
bombardeos. Es una zona muy bien oculta.
—¿Qué haces tú?
—Ayudo con los heridos. Se los están llevando.
—Obsérvate. Descríbete. Mira hacia abajo y dime qué ropa vistes.
—Llevo una especie de chaqueta. Pelo rubio. Ojos azules. Mi chaqueta está muy
sucia. Hay mucha gente herida.
—¿Te han formado para que ayudes a los heridos?
—No.
—¿Vives ahí o te han llevado a ese sitio? ¿Dónde vives?
—No sé.
—¿Qué edad tienes?
—Treinta y cinco años.
Catherine tenía veintinueve; sus ojos no eran azules, sino color avellana. Continué
con el interrogatorio.
—¿No tienes nombre? ¿No está en la chaqueta?
—En la chaqueta hay unas alas. Soy piloto… algún tipo de piloto.
—¿Pilotas aviones?
—Sí, tengo que hacerlo.
—¿Quién te obliga a volar?
—Estoy de servicio y debo volar. Es mi trabajo.
—¿También dejas caer las bombas?
—En el avión tenemos un artillero. Hay un navegante.
—¿Qué tipo de aviones pilotas?
—Una especie de helicóptero. Tiene cuatro hélices. Es un ala fija.
Eso me llamó la atención, pues Catherine no sabía nada de aviones. Me pregunté
qué entendería por «ala fija». Pero en la hipnosis poseía amplios conocimientos,
como la técnica para hacer mantequilla o para embalsamar cadáveres. Sin
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embargo, sólo una fracción de esos conocimientos le era accesible a su mente
consciente y cotidiana. Insistí.
—¿Tienes familia?
—No está conmigo.
—Pero ¿ellos están a salvo?
—No sé. Tengo miedo… miedo de que vuelvan. ¡Mis amigos están muriendo!
—Tienes miedo de que vuelvan, ¿quiénes?
—Los enemigos.
—¿Quiénes son?
—Los ingleses… las Fuerzas Armadas americanas… los ingleses.
—Sí. ¿Recuerdas a tu familia?
—¿Si la recuerdo? Hay demasiada confusión.
—Retrocedamos en la misma vida a un momento feliz, antes de la guerra, por la
época en que estabas en tu hogar, con tu familia. Puedes verlo. Sé que es difícil,
pero quiero que te relajes. Trata de recordar.
Catherine hizo una pausa. Luego susurró:
—Oigo el nombre de Eric… Eric. Veo una criatura rubia, una niña.
—¿Es hija tuya?
—Sí, ha de serlo… Margot.
—¿Está cerca?
—Está conmigo. Estamos de picnic. El día es hermoso.
—¿Hay alguien más ahí? ¿Además de Margot?
—Veo una mujer de pelo castaño, sentada en la hierba.
—¿Es tu esposa?
—Sí…, no la conozco —agregó, refiriéndose a las personas que conocía en su
vida actual.
—¿Conoces a Margot? Observa mejor a Margot. ¿La conoces?
—Sí, pero no estoy segura… La conocí en alguna parte…
—Ya lo recordarás. Mírala a los ojos.
—Es Judy —respondió.
En la actualidad, Judy era su mejor amiga. Se habían entendido desde el primer
momento, entablando una sincera amistad; cada una confiaba sin reservas en la
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otra; se adivinaban los pensamientos y las necesidades antes de expresarlos
verbalmente.
—¿Judy? —repetí.
—Judy, sí. Se parece a ella… sonríe como ella.
—Sí, qué bien. ¿Eres feliz en tu hogar o hay problemas?
—No hay problemas. (Larga pausa.) Sí. Sí, es una época de disturbios. Hay un
profundo problema en el gobierno alemán, la estructura política. Hay demasiada
gente que quiere avanzar en demasiadas direcciones. Eso, con el tiempo, nos
hará pedazos… Pero debo combatir por mi país.
—¿Amas mucho a tu país?
—No me gusta la guerra. Creo que matar está mal, pero debo cumplir con mi
deber.
—Ahora vuelve, vuelve a donde estabas antes, al avión en tierra, los bombardeos,
la guerra. Es más adelante; la guerra ya ha empezado. Ingleses y americanos
están tirando bombas cerca de ti. Regresa. ¿Ves otra vez el avión?
—Sí.
—¿Aún sientes lo mismo sobre el deber, la guerra y matar?
—Sí. Moriremos por nada.
—¿Qué?
—Que moriremos por nada —repitió, con un susurro más alto.
—¿Por nada? ¿Por qué por nada? ¿No hay gloria en eso? ¿No es por defender a
tu patria ni a tus seres amados?
—Moriremos por defender las ideas de unas cuantas personas.
—¿Aunque sean los líderes de tu país? Pueden equivocarse…
Me interrumpió con prontitud:
—No son los líderes. Si fueran líderes, no habría tanto forcejeo interno… en el
gobierno.
—Algunos dicen que están locos. ¿Te parece cierto eso? ¿Están locos por el
poder?
—Todos debemos de estar locos para dejarnos manejar por ellos, para permitir
que nos impulsen… a matar. Y a matarnos.
—¿Te queda algún amigo?
—Sí, aún quedan algunos con vida.
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—¿Hay alguien con quien tengas una amistad especial? ¿Entre los tripulantes de
tu avión? Tu artillero y tu navegante, ¿viven aún?
—No los veo, pero mi avión no lo han destruido.
—¿Vuelves a pilotar el avión?
—Sí. Tenemos que darnos prisa para despegar con lo que queda del avión…
antes de que regresen.
—Sube a tu avión.
—No quiero ir. —Parecía querer negociar conmigo.
—Pero tienes que despegar.
—Es tan inútil…
—¿Qué tipo de profesión tenías antes de la guerra? ¿Lo recuerdas? ¿Qué hacía
Eric?
—Era segundo piloto… de un pequeño avión, un avión de carga.
—¿También eras piloto entonces?
—Sí.
—¿Y pasabas mucho tiempo fuera de casa?
Respondió con mucha suavidad, con melancolía:
—Sí.
—Adelántate en el tiempo —le indiqué—, hasta el próximo vuelo. ¿Puedes
hacerlo?
—No hay próximo vuelo.
—¿Te ocurre algo?
—Sí.
Su respiración era acelerada; empezaba a agitarse. Se había adelantado hasta el
día de su muerte.
—¿Qué ocurre?
—Huyo del fuego. El fuego está destrozando a mi grupo.
—¿Sobrevives a eso?
—Nadie sobrevive… nadie sobrevive a una guerra. ¡Me estoy muriendo! —Su
respiración era trabajosa—. ¡Sangre! ¡Hay sangre por todas partes! Me duele el
pecho. Me han herido en el pecho… y la pierna… y el cuello. Me duele mucho.
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Estaba en agonía, pero pronto su respiración se hizo más lenta y más regular; sus
músculos faciales se relajaron y adquirió un aspecto de paz. Reconocí la calma
del estado de transición.
—Se te ve más cómoda. ¿Ha pasado?
Hizo una pausa, antes de responder con mucha suavidad:
—Estoy flotando… apartándome de mi cuerpo. No tengo cuerpo. Estoy
nuevamente en espíritu.
—Bien. Descansa. Has llevado una vida difícil. Has pasado por una muerte difícil.
Necesitas descansar. Reponerte. ¿Qué aprendiste en esa vida?
—Aprendí cosas sobre el odio…las matanzas insensatas… el odio mal dirigido… la
gente que odia sin saber por qué. Se nos impulsa a eso… nos impulsa el mal,
cuando nos encontramos en estado físico…
—¿Hay una obligación más elevada que la obligación para con el país? ¿Algo que
hubiera podido impedir que tú mataras? ¿Pese a las órdenes? ¿Alguna obligación
para consigo misma?
—Sí…
Pero no dio detalles.
—¿Ahora esperas algo?