En Esta Vida En Quien Puedes Confiar?

En Esta Vida En Quien Puedes Confiar?

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—¿En quién puedes confiar? —pregunté—. Piénsalo ¿Quiénes son las personas que merecen tu confianza, de las que puedes aprender, a las que puedes acercarte? ¿Quiénes son? —Puedo confiar en ti —susurró.

Yo lo sabía, pero comprendí que necesitaba más aún confiar en personas que formaran parte de su vida cotidiana.

—Puedes, sí. Tienes una buena relación conmigo, pero tienes que acercarte a otras personas de tu vida, a otros que puedan dedicarte más tiempo que yo. Yo quería que fuera independiente, una persona cabal, en vez de depender de mí.

—Puedo confiar en mi hermana. A los otros no los conozco. En Stuart puedo confiar, pero sólo hasta cierto punto. Me quiere, pero está confundido. Y en su confusión me hace daño sin darse cuenta.

—Sí, es cierto. ¿Hay algún otro hombre en el que puedas confiar?

—Puedo confiar en Robert —respondió. Era otro médico del hospital con el que mantenía una buena amistad.

—Sí. Tal vez conozcas a otros… en el futuro.

—Sí —reconoció.

La idea de un conocimiento futuro resultaba intrigante y me distrajo. Catherine hablaba con mucha precisión sobre el pasado. Por medio de los Maestros, conocía hechos específicos y secretos. ¿Podría acaso conocer hechos del futuro? En ese caso, ¿podríamos compartir esa precognición? En la mente me estallaban mil preguntas.

—Cuando estableces contacto con tu mente supraconsciente, como ahora, y posees esa sabiduría, ¿adquieres también poderes en el reino psíquico? ¿Te es posible mirar hacia el futuro? En el pasado has logrado mucho.

—Es posible —reconoció —, pero ahora no veo nada.

—¿Es posible? —repetí.

—Eso creo.

—¿Puedes hacerlo sin asustarte? ¿Puedes ir hacia el futuro y obtener información de tipo neutro, que no te asuste? ¿Puedes ver el futuro?

Su respuesta fue pronta.

—No veo eso. Ellos no lo permiten.

Comprendí que se refería a los Maestros.

—¿Están ahora a tu alrededor?

—Sí.

—¿Te hablan?

—No. Lo controlan todo.

Puesto que la controlaban, no le permitían mirar el futuro. Tal vez no teníamos nada que ganar, en lo personal, con un vistazo semejante. Tal vez la aventura hubiera puesto muy ansiosa a Catherine. Tal vez no estábamos aún preparados para soportar esa información. No insistí.

—Gideon, el espíritu que estuvo antes a tu alrededor… .

—Sí.

—¿Qué necesita él? ¿Por qué está cerca? ¿Lo conoces?

—No, no creo.

—Pero ¿te protege del peligro?

—Sí.

—Los Maestros…

—No los veo.

—A veces tienen mensajes que darme, mensajes que nos ayudan a los dos. Esos mensajes, ¿son accesibles para ti aun cuando ellos no hablen? ¿Ponen ellos ideas en tu mente, Catherine?

—Sí.

—¿Controlan hasta dónde puedes llegar y qué puedes recordar?

—Sí.

—Por lo tanto, hay una finalidad en esta explicación de vidas pasadas…

—Sí.

—Para ti y para mí… para enseñarnos. Para conseguir que en nosotros desaparezca el miedo.

—Hay muchas maneras de comunicación. Ellos eligen muchas… para demostrar que existen.

Si Catherine estaba escuchando sus voces, visualizando imágenes y escenas del pasado, experimentando fenómenos físicos o recibiendo en la mente ideas y pensamientos, la finalidad era la misma: demostrarnos que ellos existen y, todavía más allá, ayudarnos, apoyarnos en nuestro sendero al proporcionar esclarecimiento y sabiduría, ayudarnos a ser como dioses.

—¿Sabes porqué te han elegido? —No.

—¿Para que actúes como canal?

La pregunta era delicada, puesto que Catherine, despierta, no podía siquiera escuchar las grabaciones.

—No —susurró, suave.

—¿Te asusta eso?

—A veces.

—¿Y otras veces no?

—Así es.

—Esto puede ser reconfortante —agregué —. Ahora sabemos que somos eternos; por lo tanto, perdemos el miedo a la muerte.

—Sí —reconoció ella. Hizo una pausa—. Debo aprender a confiar. —Había vuelto a la gran lección de su vida —. Cuando se me dice algo, debo aprender a confiar en lo que se me dice… cuando esa persona sabe.

—Hay, es cierto, gente en la que no se debe confiar —añadí.

—Sí, pero estoy confundida. Y cuando sé que debería confiar en una persona, lucho contra esa sensación. Y no quiero confiar en nadie.

Guardó silencio; una vez más, yo admiraba su penetración psicológica.

—La última vez hablamos de ti cuando niña, en un jardín donde había caballos.

¿Recuerdas? ¿La boda de tu hermana?

—Un poquito.

—¿Había algo más que aprender de ese tiempo? ¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Valdría la pena que volviéramos allá para explorar?

—Ahora no volverá. Hay muchas cosas en una vida… hay mucho conocimiento que alcanzar… de cada vida. Sí, debemos explorar, pero ahora no volverá.

Por lo tanto, la llevé otra vez a su problemática relación con el padre.

—Tu relación con tu padre es otro aspecto que te ha afectado profundamente en esta vida.

—Sí —respondió con simplicidad.

—Es otra área que aún nos queda por explorar. Tienes mucho que aprender de esa relación. Compárala con el niño de Ucrania que perdió a su padre a edad temprana. En esta vida no has sufrido esa pérdida. Sin embargo, tener a tu padre aquí, aunque ciertos padecimientos han sido menores…

—Ha sido una carga mayor —concluyó ella—. Pensamientos —añadió luego —, pensamientos…

—¿Qué pensamientos? —Percibí que estaba en otro terreno.

—Sobre la anestesia. Cuando nos anestesian ¿podemos oír? ¡Todavía se puede oír!

Había respondido a su propia pregunta. Comenzó a susurrar con rapidez, excitada.

—La mente está muy consciente de lo que pasa. Hablaban de mi asfixia, de la posibilidad de que yo me asfixiara cuando me operaran de la garganta.

Recordé la operación quirúrgica de cuerdas vocales de Catherine, pocos meses antes de su primera sesión conmigo. Si antes de la operación ya estaba ansiosa, al despertar en la sala de recuperación se encontraba absolutamente aterrorizada. El personal tardó horas en lograr calmarla. Al parecer, lo que los cirujanos habían dicho durante la operación, mientras ella estaba profundamente anestesiada, era lo que la había aterrorizado. Mi mente volvió a la escuela de medicina y a mis prácticas de cirugía. Recordé las conversaciones desenvueltas que uno sostenía durante las operaciones, ante el paciente anestesiado. Recordé los chistes, las maldiciones, las discusiones y los berrinches temperamentales de los cirujanos. ¿Qué oían los pacientes, en el plano subconsciente? ¿Cuánto regañaban que pudiera afectar a sus ideas y emociones, temores y ansiedades al despertar? El curso postoperatorio, la misma recuperación del paciente después de la intervención, ¿podía sufrir la influencia positiva o negativa de los comentarios hechos durante la anestesia? ¿Habría muerto alguien por las expectativas pesimistas oídas durante la operación? ¿Acaso algún paciente se entregaba, considerando que no tenía salvación?

—¿Recuerdas lo que decían?

—Que tenían que poner un tubo hacia abajo. Que se me podía hinchar la garganta cuando sacaran el tubo. No se imaginaban que yo los estaba oyendo.

—Pero oías.

—Sí. Por eso tuve tantos problemas.

Después de esa sesión, Catherine perdió el miedo a tragar y a asfixiarse. Así de simple resultó.

—Toda la ansiedad… —prosiguió—. Yo temía ahogarme.

—¿Te sientes liberada?

—Sí. Tú puedes neutralizar lo que ellos hicieron.

—¿Puedo?

—Sí. Lo estás haciendo… Deberían tener mucho cuidado con lo que dicen. Ahora recuerdo. Me pusieron un tubo en la garganta. Y después no pude hablar para decirles nada.

—Pero ahora está libre… Los oíste.

—Sí, los oí hablar…

Calló uno o dos minutos; luego comenzó a girar la cabeza de un lado a otro. Parecía escuchar algo.

—Pareces estar oyendo mensajes. ¿Sabes de dónde provienen? —Yo esperaba que los Maestros aparecieran.

—Alguien me lo dijo —fue la críptica respuesta.

—¿Alguien estaba hablando contigo?

—Pero se ha ido.

Traté de hacer que volviera.

—Prueba a traer a los espíritus que tengan mensajes… para ayudarnos.

—Sólo vienen cuando así lo desean, no cuando yo decido —respondió con firmeza.

—¿Tú no tienes ningún poder sobre eso?

—No.

—Bueno —concedí—, pero el mensaje sobre la anestesia era muy importante.

Ésa era la fuente de tus asfixias.

—Era importante para ti, no para mí —contestó.

La respuesta me retumbó en la mente. Ella quedaría curada de su miedo a ahogarse, pero esta revelación era, aun así, más importante para mí que para ella. Yo era quien curaba. Esa simple respuesta tema varios planos de significado. Tuve la sensación de que, si yo llegaba a comprenderlos del todo, a comprender esas resonantes octavas de significados, avanzaría un enorme paso en la comprensión de las relaciones humanas. Tal vez la ayuda era más importante que la cura.

—¿Para que yo te ayude? —pregunté.

—Sí. Tú puedes anular lo que ellos hicieron. Has estado ya anulando lo que ellos hicieron…

Descansaba. Ambos habíamos aprendido una gran lección.

 

* * *

Poco después de su tercer cumpleaños, mi hija, Amy, corrió hacia mí para abrazarme las piernas. Levantó la vista, diciendo:

—Papaíto, hace cuarenta mil años que te quiero.

Miré aquella carita y me sentí muy, muy feliz.

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