El Tunel y La Luz


El Tunel y La Luz

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Una Luz Mas Brillante y Encegecedora Que El Sol – La Vida Entre Las Vidas Video 29

-Busca un acontecimiento que tenga mucha importancia en tu vida actual-instó el doctor Whitton.

Cautivada por su propia alegría y por la encantadora compañía de Carlos, Linda no quería abandonar el salón de baile. Y tampoco quería ver lo que el doctor Whitton quería que viera, pues en respuesta al pedido de él Linda cayó en un mar de tristeza: la vivaz jovencita de doce años atrás había sido reemplazada por una viuda inconsolable. María, vestida totalmente de negro, estaba de luto por la muerte de Carlos, su esposo, oficial del ejército al que acababan de matar en la revolución española de 1854. Al lado de María estaban sus hijos: Fernando y Jorge, los mellizos de seis años y una hija, Katarina, de tres, a quien María quería especialmente. Su desesperación era sofocante. No fue una aflicción temporaria. A medida que Linda se  desplazaba en la vida de María, sólo sentía el aumento de la depresión y la autocompasión. Unos catorce años después de la muerte de Carlos, Fernando y Jorge se fueron a luchar por la reina y la patria, a sofocar otra rebelión, y nunca regresaron. Luego se casó Katarina y se fue de la casa. María se retrajo del mundo en una gran mansión situada en una avenida de Madrid, la que compartía, con algo de rencor, con su suegra.  María cultivaba su amargura como si fuera una flor rara y preciosa. Llevada al último día de la vida de María, Linda se encontró a los cuarenta y cinco años recorriendo la mansión sepultural mientras en la calle resonaban los tambores, los gritos y los pasos del gentío. El 29 de enero de 1984, Linda escribió en su diario sobre el estado mental de María en esas últimas horas…

 

Odio mi casa, esta casa que debió haber sido nuestro hogar. Esta casa vacía que debió haber estado llena. A veces odio a Carlos y a los chicos por haberse ido, sobre todo a Katarina, que tuvo la elección. Pero es más fácil odiar lo que se queda. Odio la casa vacía y oscura, y me odio. Cuanto más permanezco en la casa, más me parezco a ella. ¡Cómo ansío la luz! Pero la ventana que da a la calle no deja entrar  la luz: sólo la visión horripilante de la ceguera humana. Otro desfile en homenaje a otro líder. Los líderes siguen cambiando y cada uno conduce a la oscuridad y los soldados ahí fuera en la calle los siguen ciegamente. ¿Por qué no entienden que este líder los llevará a todos a la muerte igual que lo hicieron los otros? Cambiaría las cosas si pudiera. Pero ¿qué soy yo? La oscura, vacía y desilusionada María. Yo también debería unirme a ellos en esa calle de la desesperación. No puedo soportar más la oscuridad… 

 

En el consultorio del doctor Whitton, los recuerdos de María habían sido tan vívidos que todo era como si Linda viera con los ojos de María. Permaneció inmóvil por un rato mirando la ventana de ese segundo piso que daba a la calle. Y entonces fue consciente del haz de luz que comenzaba más allá de las persianas y, subyugada por el resplandor, caminó hacia la ventana, hacia la luz… La calle ascendió para recibirla y María sintió el golpe terrible seguido por las ruedas de un carruaje tirado por caballos que le hundieron el pecho. Pero también, desde otra perspectiva muy alta, vio su cuerpo sobre las piedras, apretado por los radios de la rueda. Qué trivial parecía la escena ahora que la luz enceguecedora atraía su atención y la guiaba arriba, lejos de la calle. La calle no importaba. Ella se desplazaba en la luz, una luz más brillante y enceguecedora que la del sol pero desprovista de calor. Ese resplandor absorbente trasuntaba paz Y serenidad y María se bañaba en

SU benevolencia. También llegó la impresión de estar encerrada en un túnel o tubo o capullo. No había palabras adecuadas para la tarea de describir esa magnificencia por la que pasaba Linda a gran velocidad  – ¿Quién eres? -preguntó el doctor Whitton.

Linda no estaba segura. Los nombres de María y Linda aparecieron en su mente al mismo tiempo y ninguno parecía el apropiado.  – ¿Dónde estás?

Todo lo que parecía importar era el resplandor y la serenidad y la voz del doctor Whitton sonaba tan fuera de lugar, tan ajena que, si bien quería responder, Linda no sentía deseos de hacerlo. Todo lo que podía hacer era ir asimilando la maravilla ambiental de ese paisaje sin terreno… hasta que lentamente comenzó a establecer sus andanzas. El diario de Linda, el5 de febrero de 1984 dice:

 

¿Qué era este lugar? Necesitaba tiempo para adaptarme. Eventualmente fue desapareciendo el impacto de mi transición y empecé a ser consciente de mis emociones. La tristeza era tan intensa que deseaba llorar. No había nada más que hacer. Las lágrimas fueron acumulándose pero otra vez sonaba esa voz… Le dije al doctor Whitton que el sufrimiento de María era injusto. Era como si estuviera defendiéndome pero debía justificar a María a su última acción. María no había pensado en una vida posterior. Sin embargo tenía sentido que yo estuviera consciente después de la muerte del cuerpo. Esa vida era donde yo estaba. En esa vida era yo. Era bella, maravillosa. No quería irme de allí. ..

Si bien la vida intermedia es intemporal, las exploraciones en la metaconciencia son limitadas: el trabajo del doctor Whitton exigía que Linda volviera a la realidad terrenal. Pocos

son los que regresan de la vida intermedia sin necesitar una readaptación. En el diario, Linda describe cómo después de su viaje a la vida entre las vidas como María Baroja y Linda Irving, al volver a casa durmió dos horas a pesar de que su compañera tocaba el bongó. Luego se encontró incapaz de funcionar normalmente por el resto del día y estuvo sin su vivacidad habitual durante una semana. Diariamente experimentaba mucho sueño y muy bajo nivel de energía cuando sentía, en las profundidades de su ser, las exigencias justificadas que preceden a la transformación psicológica. También recordaba el arrobamiento de la metaconciencia. Linda expresó:

 

He recordado con nostalgia ese mundo luminoso. Me alegra poder recordarlo porque pasará tiempo hasta que pueda dejar atrás a Linda. 

 

Linda volvió al bardo con el recuerdo muchas veces en los días siguientes, menos para sentirse feliz que para buscar el esclarecimiento de su situación. Meditar sobre la vida entre las vidas le dio las primeras percepciones de que la desesperación de María, si bien arrancaba de la muerte de Carlos, podía no haber sido

 tan injusta después de todo…

Cuando Linda volvió a la vida intermedia en la sesión siguiente, estaba decidida a aprender más sobre el dolor de María. En la entrada del 6 de marzo de 1984 en su diario, dice:

 

Viendo a María desde el punto de vista de la vida intermedia me di cuenta de que era egoísta, que sólo le preocupaba su bienestar y su necesidad de amor y compañía. También vi que ella se había bloqueado para satisfacer esas necesidades. María no sufría tanto por la muerte de Carlos y sus dos hijos como por sus propias pérdidas. Después de la muerte de Carlos pudo haber aplicado la energía de su dolor a algo positivo, a la profundización del entendimiento con sus hijos y a fortalecer los lazos con ellos. Pero rehusó cualquier luz que  pudiera iluminar su vida, y los esfuerzos para ser una buena madre y superar el dolor fueron muy débiles. La muerte de sus dos hijos fueron más una confirmación de su tristeza por la muerte de Carlos que un dolor por el hecho o mismo. Centrándose más todavía en esa pena, minó la relación con su hija Katarina. El egoísmo de María lo evidencia su reacción ante el casamiento de Katarina: no sintió alegría por su hija, sólo más tristeza y desolación por ella misma. 

 

Este conocimiento era vital. Pero, como siempre, había que aprender más. El doctor Whitton quería que ella interpretara en la vida intermedia la vida y la muerte de María y su influencia en la reencarnación como Linda. En respuesta a una cuidadosa investigación, Linda tuvo la visión de su superalma como un repollo de luz con una masa interior oscura de tristeza. Vio que con cada reencarnación el repollo producía otra hoja de luz para soltar algunas partículas de oscuridad y aliviar un poco de la pena. Después del crecimiento de muchas hojas o vidas, el repollo expulsó el dolor y se llenó de luz. El repollo era el símbolo personal de Linda para el desarrollo del alma. Sus vidas parecían perennes como las hojas de un repollo (en contraste con las de la rosa, que muere en cuanto sus pétalos se abren). Así llegó a ser claro que María, por entregarse al duelo y al dolor, había permitido que su vida (la hoja del repollo) quedara inmóvil, sin potencial para la evolución. Ese fracaso se transportó de reencarnación en reencarnación Y provocó las depresiones de Linda y el bloqueo que se interponía entre ella y su satisfacción personal.

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