El Miedo a Cometer Errores


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El primer acto de libertad de Linda fue llamar por teléfono a su ex novio, por quien había sentido nostalgias desde que él se había casado, dos años atrás. Durante dos horas charlaron en forma animada a 540 millas de distancia: la que separa a Toronto de Montreal, y después de eso Linda supo que sus días de espera habían terminado. Se había liberado de su ansiedad sin esperanzas. Linda dijo:

-Igual que cuando María esperaba que Carlos regresara, mucho después de su muerte, mi tendencia era irreal: seguir esperando a pesar de la pena. Sólo después de mi segunda visita a la vida intermedia pude admitir que, actuando así, estaba impidiéndome tener una buena relación con otro.

En las semanas siguientes, se levantaron burbujas de esclarecimiento de las experiencias de Linda en la metaconciencia y pasaron a veces a su conciencia normal. Por ejemplo empezó a comprender que la extraordinaria compasión por su padre y sus tendencias suicidas provenía de su reencarnación como María, y lo más importante fue que su diario demostraba que ella había empezado a sentirse muy bien…

14 de marzo de 1984: En los últimos días me he sentido como liberándome. La energía fluye tanto más libremente esta

semana… Ha comenzado a desaparecer el bloqueo. ¡Cuánto más feliz es esta vida que la pasada! Cuánto progreso… 

 

8 de abril de 1984: Creo que ya he elaborado todos los problemas de María. Me siento más liviana, más clara. Soy más “yo”. Las intensas depresiones han desaparecido… 

La nueva alegría de Linda fue evidente para todos los que la conocían. Sin sentirse debilitada por la negatividad, era capaz de dar y recibir. La imagen del repollo resplandeciente se repetía una y otra vez exhortándola a “irradiar tanta luz como fuera posible”. Sólo quedaba un problema: el miedo crónico a cometer un error terrible.

Los sueños pueden ser indicadores de experiencias en las vidas pasadas y un sueño especialmente vívido, en la noche del 15 de mayo de 1984, le dio la pista para resolver ese problema. En el sueño se aparecía un amigo ante Linda y decía: “Voy a mostrarte algo de una vida pasada” y entonces Linda se puso de costado y se transformó en hombre. Ese hombre estaba preso y se quejaba de una profunda puñalada que le habían infligido en el costado derecho con una espada parecida a una larga daga. En el momento de su muerte, la corriente de imágenes se detuvo. Cuando acabó la pausa Linda gritó nuevamente, pero esta vez como un recién nacido. A pesar de que acababa de nacer gritaba por el recuerdo de la puñalada.

Linda le contó al doctor Whitton el sueño que había tenido y le dijo que pensaba que se trataba de un intento del subconsciente por señalar un episodio de una vida pasada de la que debería tomar conciencia. El doctor Whitton estuvo de acuerdo e instruyó a Linda, en estado de hipnosis, que localizara aquella vida y explorara la importancia que pudo haber tenido para las circunstancias presentes. Pronto Linda vio de nuevo la escena del sueño, del apuñalamiento. Ella era un preso llamado Rudolf Meyer que miraba cómo la hoja brillante penetraba en su costado, sabiendo que merecía esa muerte violenta. Luego abandonó la escena lúgubre y fue hasta los doce años de Rudolf. El jovencito, maravillado por la visión de las flores y las mariposas, corría por una pradera con pasto alto en una granja de Alemania, cerca de la frontera con Suiza. Linda comentó más tarde:

-Tenía la sensación de que estaba disfrutando de mis últimos momentos de inocencia.

Cuando el doctor Whitton le dijo que dejara atrás al jovencito y adelantara unos diez años, se encontró con un ser humano muy diferente. Rudolf, a los veintidós años, era un cínico estudiante en una universidad de París. Hablaba con reserva sobre su asociación a un club secreto de trece hombres. Rechazó firmemente las preguntas formuladas por el doctor Whitton, pero reveló que el objetivo del grupo en la Francia prerrevolucionaria era activar la sociedad. Y admitió con cierto orgullo que la organización “asusta a los dirigentes políticos amenazándolos”.

– ¿Son terroristas? -preguntó el doctor Whitton.

-Nosotros no lo creemos -respondió Rudolf con un duro acento francés- pero los demás nos ven así. Nuestros métodos no son siempre aceptables pero los fines son buenos.

El doctor Whitton dijo a Linda que adelantara un año en la vida de Rudolf. De repente apareció éste temeroso y agitado…

Los miembros del club están desapareciendo uno por uno y nadie          sabe cómo ni por qué ocurre eso. Hay rumores de que una bella pelirroja llamada Henriette, casada con un miembro del club, se ha enterado de las actividades revolucionarias clandestinas. Quiso ingresar en el club pero la rechazaron por ser mujer. Pero muchos hombres se enamoraron de ella y las desapariciones hicieron pensar a Rudolf que Henriette estaba seduciendo a esos hombres y matándolos por venganza. Pero sólo cuando Jan, el mejor amigo de Rudolf, muere en circunstancias sospechosas, Rudolf, en sus propias palabras, “enloquece” y decide matar a Henrieite. “Ella es malvada… como una bruja”, le explica Rudolf al doctor Whitton. “Debo evitar que siga matando”.

 

En la sesión siguiente, estando en trance, Linda descubrió a Rudolf en la cárcel tratando de negar el acto vil que había cometido. ¡Cómo resistió a las preguntas del doctor Whitton!

Cuando Linda luchaba tratando de quebrar la resistencia de Rudolf, veía llamas que le obstruían la visión, siempre llamas. Y por fin vio al corpulento Rudolf empujando hacia el fuego a una mujer con largos cabellos rojos. Podía olerse la carne quemada.

Doctor Whitton: ¿Por qué haces esto?

Linda (haciendo muecas): No me preguntes ahora. Ya me resulta muy difícil acabar con esto. 

 

Doctor Whitton (insistente): ¿Por qué haces esto?  Linda: La odio. Forma parte de un plan.

 

Doctor Whitton: ¿Qué plan?

Linda: Alguien sentirá el olor… Debo huir enseguida. Después de empujar a Henriette a las llamas y de esperar que éstas acallaran los gritos, Rudolf no permanece libre por mucho tiempo. Lo capturan y lo llevan encadenado a la Conciergeríe donde, día tras día, ve a la mujer quemada danzando entre las llamas en los muros. El remordimiento lo persigue continuamente hasta que el hermano de Henriette se venga complotando el asesinato de Rudolf. La voz de Linda es un lamento cuando dice al doctor Whitton: “Tuve que impedir que matara más hombres, pero debía haberlo hecho sin matarla. Fue… un error terrible… “,

 

Linda permanecía atenazada por la culpa al irse del consultorio después de la sesión de hipnotismo y el doctor Whitton sabía que la emoción contenida pronto habría de descargarse. Inexpresiva, manteniendo el control, llegó Linda a casa y allí corrió y se arrojó sobre la cama gritando” ¡La maté!” con tal intensidad que ella misma se sorprendió. Después de varias horas de sollozos, cuando su cuerpo se había debilitado por el llanto, Linda se dio cuenta de que se había producido una readaptación en su estado psicológico: ya no la perseguía el miedo de cometer un error grave. El miedo de Linda estaba provocado por el trágico error de Rudolf. Sólo en esos momentos pudo Linda pensar que el autorreproche de Rudolf había sido llevado hasta su vida actual como un miedo a repetirlo. Ya eso no era necesario. El 26 de julio de 1984 escribió en su diario:

Desde mi vida como Rudolf he estado castigándome. Sentí que merecí ser asesinado en la cárcel. Luego, como María, me hice sufrir viviendo como si estuviera muerta. En esta vida, estaba siguiendo los pasos de María…

 

En cuanto apareció Rudolf como la fuente de los problemas de Linda, ese descubrimiento les dio término. Liberada de las cadenas de los errores de las vidas pasadas, Linda se encontró mucho más cómoda en esta vida. Además, la experiencia en la vida intermedia relatada al comienzo de este capítulo le impartió una enseñanza vital que recargó las energías de Linda. En la vida entre Rudolf y María, el tribunal le había dicho:  -Verás lo que estuvo mal y lo enmendarás.

Hoy en su trabajo como terapeuta ocupacional está llevando a cabo lo que se propuso en la vida intermedia: contrarrestar los instintos asesinos de Rudolf ayudando diariamente a enmendar la vida de otros.

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